La verdadera libertad se encuentra en el servicio a Dios, a través de la entrega, la fidelidad y la humildad.

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé…!

La famosa oración de San Agustín de Hipona describe a la perfección, la hondura de recibir la Gracia de Nuestro Señor en la adultez. Ese anhelo de mi alma, que yo creo que es el anhelo de toda alma por encontrar a Dios, y que en aquel entonces era lo que yo llamaba encontrar la felicidad, y que hizo que mi vida pasada trascurriera sedienta y en la oscuridad, buscando en la lejanía de Dios.

El sentimiento de vacuidad allá donde experimentara, el sinsentido de afanarme a las cosas de este mundo sin fe ni esperanza, la desazón acumulada por los años que ennegrecía toda posibilidad de esperanza al camino de la verdadera felicidad. La falsa sensación de libertad, que ahora sé que era libre albedrío convertido en libertinaje.

Todo se tornó a bien cuando La Divina Misericordia tocó mi alma, mi conversión fue un eterno instante que cambiaría mi vida para siempre, y mi anhelo recompensado fue el motor y la fuerza de la entrega diaria para la transformación de mi alma, que aún prosigue. En mi interior el eco de las palabras: Yo soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí. Ven y sígueme, aprende a amar con un corazón limpio y puro.

Al principio, miedo, pudor pero a cada paso que daba era colmado con mucho más de lo que podía imaginar, surgió en mí un fuerte deseo de conocer la historia, y volver a leer las Sagradas Escrituras, al releer ahora las palabras se clavaban en mi corazón. Todo cobraba pleno sentido, ¿cómo no había sido capaz de verlo antes, de sentirlo antes?, cada palabra de la Sagrada Escritura, cada minuto de la historia, cada vida de santo, cada parte de la liturgia todo tiene su porqué y para qué.

Siento haber renacido a la vida, haber recibido el mayor de los presentes, ahora veo la vida con otros ojos, los del Espíritu. Siento que el Señor nos deleita cada día con nuevos retos y nuevos presentes, estoy convencido que todo es para nuestro bien, para conducirnos a verdes praderas y fuentes tranquilas donde hallar la verdadera fuente de agua viva y la luz de la eternidad.

Y todo se me hace poco para estar con el Señor, glorificarlo y poder llegar a entregarle mi vida entera. Pues ahora sé que la verdadera libertad se encuentra en el servicio a Dios, a través de la entrega, la fidelidad y la humildad.

Víctor Manuel Calvo Moyano